Creía plenamente que escribir era una de las cosas que más amaba hacer en este mundo. Se me daba bien, porque cada lágrima del niño que a veces me veía con tristeza desde el espejo de mi habitación me agradecía por al menos tratar de contar lo que él nunca pudo. Me agradecía por ir soltando ese nudo que por tantos años tuvo atado a su garganta. Suelo ser muy melancólico, nostálgico y trágico cuando escribo sobre mí. Lo que hacía estaba bien, pero sentía que le faltaba algo. Mis textos no carecían de sentido, pero sí de sentir, de amar, de estar. Me sobraban poemas, canciones, historias, pero me faltaba algo, y eras tú, mi musa, la razón de cada letra, de cada palabra, verso y párrafo. La razón por la cual mis manos querrían plasmar algo tan bello que ni siquiera el corazón pueda siquiera explicarle a la mente alguna razón que justifique su sentir, su miedo a perder, o bueno, al menos, al perder, que al final lleva, "te". Y llegué a la conclusión de que no solo amo escribir, amo al escribir, que al final también lleva, "te".
Le apodo "La muerte" Introducción. Nací en un pequeño pueblo de Colombia, de esos pueblos de los que no se sabe nada y solo conocen, justamente, los que viven y nacieron allí. En mi pueblo hay ciertas tradiciones extrañas, pero la más macabra es la que les contaré. Cuando un niño nace el 13 de noviembre, por alguna extraña razón, un espíritu, familiar fallecido, o en el peor de los casos, un demonio, lo acompañará toda su vida, ya sea para protegerlo o intentar volverlo loco el resto de ella. Yo nací el 13 de noviembre de 2006. He tratado de pedir ayuda, pero cuando trato de hablar de ella, no puedo. Pero descubrí algo hace poco, parece que le gusta leer, así que solo deja que la mencione en mis escritos. *Primer capítulo, sé que estás ahí* Estoy cansado de tanto pensar. Quisiera acostarme en una cama, en mi cama, o en cualquiera, me da igual, solo pido descansar, pero no puedo. Cuando el reloj marca las 12, siento el roce, y voy escuchando esas voces que me susurran: "L...

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