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Te


Creía plenamente que escribir era una de las cosas que más amaba hacer en este mundo. Se me daba bien, porque cada lágrima del niño que a veces me veía con tristeza desde el espejo de mi habitación me agradecía por al menos tratar de contar lo que él nunca pudo. Me agradecía por ir soltando ese nudo que por tantos años tuvo atado a su garganta. Suelo ser muy melancólico, nostálgico y trágico cuando escribo sobre mí. Lo que hacía estaba bien, pero sentía que le faltaba algo. Mis textos no carecían de sentido, pero sí de sentir, de amar, de estar. Me sobraban poemas, canciones, historias, pero me faltaba algo, y eras tú, mi musa, la razón de cada letra, de cada palabra, verso y párrafo. La razón por la cual mis manos querrían plasmar algo tan bello que ni siquiera el corazón pueda siquiera explicarle a la mente alguna razón que justifique su sentir, su miedo a perder, o bueno, al menos, al perder, que al final lleva, "te". Y llegué a la conclusión de que no solo amo escribir, amo al escribir, que al final también lleva, "te".




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